1929-1932: Capítulo 20. Los campesinos, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 305-318.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 20 de abril de 1998.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
El verdadero fundamento de la revolución era el problema
agrario. En el arcaico régimen agrario ruso, procedente
en línea directa de la era feudal, en el poder tradicional
del terrateniente, en las íntimas relaciones existentes
entre el terrateniente, la administración local y los organismos
de casta de la tierra (los zemstvos), radicaban las manifestaciones
más bárbaras de la vida rusa, que encontraban su
apogeo y culminación en la monarquía rasputiniana.
El campesino, punto de apoyo del asiatismo secular, era, al propio
tiempo, su primera víctima.
En las primeras semanas que siguieron a la revolución de
Febrero el campo apenas se movió ni dio señales
de vida. Los elementos más activos se hallaban en el frente.
Las viejas generaciones que se habían quedado en casa se
acordaban demasiado bien de que la revolución solía
acabar en expediciones represivas. El campo permanecía
mudo, y la ciudad, en vista de esto, no se acordaba del campo.
Pero el fantasma de la guerra campesina se cernía ya desde
los días de marzo sobre las casas señoriales. De
las provincias, donde ejercía un poder más considerable
la nobleza, es decir, de las provincias más atrasadas y
reaccionarias, se alzó el grito pidiendo auxilio antes
de que se pusiera aún de manifiesto el peligro real. los
liberales reflejaban el pánico de los terratenientes, y
los conciliadores reflejaban el estado de ánimo de los
liberales. «Forzar el problema agrario en las próximas
semanas -razonaba después de la revolución el «izquierdista»
Sujánov- sería perjudicial, y no hay la menor necesidad
de ello.» Pero ya sabemos que Sujánov entendía
también que era perjudicial forzar la cuestión de
la paz y de la jornada de ocho horas. Era más sencillo
agazaparse ante las dificultades. Además, los terratenientes
atemorizaban a la gente diciendo que la alteración del
régimen jurídico agrario tendría repercusiones
nocivas en la siembra y en el abastecimiento de las ciudades.
El Comité ejecutivo enviaba telegramas y en el abastecimiento
recomendado «que no se dejasen llevar por los asuntos agrarios
en perjuicio del abastecimiento de las ciudades.»
En muchos sitios, los terratenientes, asustados por la revolución,
dejaban las tierras sin sembrar. En la difícil crisis de
subsistencias por que estaba atravesando el país, las tierras
sin sembrar reclamaban casi a gritos un nuevo dueño. Los
terratenientes, desconfiando del nuevo poder, liquidaban rápidamente
sus propiedades. Los kulaks o campesinos acomodados apresurábanse
afanosamente a comprar las tierras de los grandes propietarios,
confiando en que la expropiación forzosa no se haría
extensiva a ellos, por su condición de «campesinos».
Muchos de los tratos tenían un carácter deliberadamente
ficticio. Suponíase que las propiedades privadas inferiores
a una cierta medida no serían objeto de confiscación,
y, para ponerse a salvo de ello, los terratenientes parcelaban
ficticiamente sus haciendas en pequeños lotes, creando
propietarios sobre el papel. No pocas veces, las tierras inscribíanse
a nombre de extranjeros súbditos de los países aliados
a neutrales. La especulación de los kulaks y las
artimañas de los grandes hacendados amenazaban con no dejar
en pie ni un puñado de tierra de los fondos agrarios del
país para el momento en que se reuniese la Asamblea constituyente.
Los pueblos veían estas maniobras. Y pronto se alzaron
voces pidiendo que se publicase un decreto prohibitivo de las
transacciones sobre fincas. Los campesinos acudían a las
ciudades a entrevistarse con los nuevos amos de la situación,
en busca de tierra y de verdad. Más de una vez sucedía
que los ministros, después de los elocuentes discursos
y las ovaciones, tropezasen a la salida con las figuras grises
de los delegados campesinos. Sujánov cuenta cómo
uno de estos campesinos imploraba con lágrimas en los ojos
los ciudadanos ministros que publicasen una ley protegiendo el
fondo agrario contra la venta. Kerenski, impaciente, pálido
y nervioso, le interrumpió: «He dicho que se haría,
y, por lo tanto, se hará... No tiene usted por qué
mirarme con esos ojos desconfiados.» Sujánov, que
presenciaba la escena, añade: «Anoto textualmente
lo que oí. Kerenski tenía razón: los mujiks
miraban con ojos de confianza al famoso caudillo y ministro del
pueblo.» En ese breve diálogo mantenido entre el mujik,
que aún implora pero que ha perdido ya la confianza, y
el ministro radical, que hace caso omiso de la desconfianza campesina,
se encierra la clave inexorable del derrumbamiento del régimen
de Febrero.
El decreto sobre los comités agrarios como órganos
de preparación de la reforma de la tierra fue dado por
el ministro de Agricultura, el kadete Chingarev. El Comité
central, a cuyo frente se hallaba el profesor liberalburocrático
Postnikov, estaba integrado principalmente por narodniki,
que a lo que más temían era a que se les tuviera
por hombres menos moderados que su presidente. Creáronse
también comités provinciales, cantonales y de distrito.
Si los soviets, que se extendían con gran lentitud por
el campo, eran considerados como órganos privados, los
comités agrarios tenían un carácter gubernamental.
Pero cuanto más vagas eran las atribuciones que les asignaba
el decreto, más difícil se les hacía resistir
a la presión de los campesinos. Y cuanto más bajo
estaba el comité en la escala jerárquica, cuanto
más cerca se hallaba de la tierra, antes se convertía
en un instrumento del movimiento campesino.
A fines de marzo, empiezan a llegar a la capital las primeras
noticias inquietantes dando cuenta de que entraban en escena los
campesinos. El comisario de Novgorod telegrafía informando
de los desórdenes producidos por un cierto teniente Panasiuk,
de las «detenciones arbitrarias de terratenientes»,
etc. En la provincia de Tambov una muchedumbre de campesinos,
capitaneada por algunos soldados con licencia, saquea las casas
señoriales. Las primeras noticias son, indudablemente exageradas:
en sus quejas, los terratenientes abultan, sin duda alguna, los
hechos, pensando más que en lo presente en lo venidero.
Pero lo que no ofrece la menor duda es que los soldados, que traen
del frente y de la ciudad el espíritu de iniciativa, intervienen
en la dirección del movimiento campesino.
El 5 de abril uno de los comités cantonales de la provincia
de Charkov acordó practicar registros en las casas de los
terratenientes, con el fin de recogerles las armas. Nos hallamos
ya ante el presentimiento claro de la guerra civil. El comisario
explica los desórdenes ocurridos en el distrito de Skopinski,
provincia de Riazán, por el acuerdo de que adopta el Comité
ejecutivo del vecino distrito sobre el arrendamiento forzoso a
los campesinos de las tierras de los grandes propietarios. «La
campaña de propaganda de los estudiantes para que los campesinos
se mantengan tranquilos hasta la reunión de la Asamblea
constituyente no obtiene ningún éxito.» Aquí
nos enteramos de que los «estudiantes», que en la primera
revolución predicaban el terrorismo agrario -era entonces
la táctica de los social-revolucionarios-, en 1917 exhortan,
aunque sin gran éxito, al parecer, al respeto de la ley
y a la calma.
El comisario de la provincia de Simbirsk traza un cuadro del movimiento
campesino, que iba tomando proporciones arrolladoras: los Comités
locales y cantonales -de los cuales volveremos a hablar más
adelante- detienen a los terratenientes, los expulsan de la provincia,
sacan a los braceros de las tierras de los grandes propietarios,
se apoderan de las fincas y fijan la renta que les place. «Los
delegados enviados por el Comité ejecutivo se ponen al
lado de los campesinos.» Simultáneamente, empieza
el movimiento de los vecinos de los pueblos contra los campesinos
acomodados, que al amparo de la ley promulgada el 9 de noviembre
de 1906 por Stolipin, se habían separado de los fondos
comunales, llevando en propiedad sus parcelas. «La situación
de la provincia constituye una amenaza para la siembra.»
Ya en abril, el comisario de la provincia de Simbirsk no ve otra
salida que la inmediata nacionalización de la tierra, reservando
a la Asamblea constituyente la tarea de establecer las modalidades
del régimen de explotación.
Del distrito de Kaschira, situado muy cerca de Moscú, llegan
quejas de que el Comité ejecutivo excita a la población
a ocupar sin indemnización las tierras de la Iglesia, de
los conventos y de los grandes propietarios. En la provincia de
Kursk los campesinos hacen que se retire de los trabajos del campo,
en las fábricas de los señores, a los prisioneros
de guerra, e incluso los meten en la cárcel. Después
de los congresos de campesinos, los de la provincia de Penze,
interpretando al pie de la letra los acuerdos de los socialrevolucionarios
acerca de la tierra y la libertad, infringen el contrato cerrado
poco antes con los terratenientes y, al mismo tiempo, emprenden
la ofensiva contra los nuevos órganos del poder. En el
mes de marzo, al constituirse los comités ejecutivos cantonales
y de distrito, los que entraban a formar parte de ellos eran,
en su mayoría, intelectuales. «Después -comunica
el comisario- empezaron a alzarse voces contra la composición
de dichos organismos, y, ya a mediados de abril, los comités
estaban compuestos exclusivamente en todas partes por campesinos,
cuyas aspiraciones respecto a la tierra eran las más de
las veces descabelladas.»
Un grupo de terratenientes de la vecina provincia de Kazán
se lamentaba al gobierno provisional de la imposibilidad de seguir
cultivando las tierras, ya que los campesinos retiraban a los
obreros, requisaban las semillas, en muchos sitios se llevaban
todo lo que encontraban en las casas señoriales, no permitían
al terrateniente talar los bosques de su propiedad y le amenazaban
con maltratarle y matarle. «Aquí reina la más
absoluta impunidad, todo el mundo hace lo que quiere y la gente
razonable está aterrorizada.» Los terratenientes de
Kazán saben ya quién es el culpable de la anarquía:
«En el campo no se conocen las determinaciones del gobierno
provisional. En cambio, las proclamas de los bolcheviques llegan
a todas partes.»
Sin embargo, no se puede decir que el gobierno no dictara disposiciones.
El 20 de marzo el príncipe Lvov proponía telegráficamente
a los comisarios la creación de comités cantonales
como órganos del poder local, recomendando al mismo tiempo
«que a la labor de dichos comités se incorporasen
los terratenientes y todas las fuerzas intelectuales del campo».
Aspirábase a organizar todo el régimen del Estado
por el sistema de las cámaras de conciliación y
arbitraje. Pero los comisarios no tardaron en lamentarse de que
se prescindía de las «fuerzas intelectuales»:
el campesino no tenía ninguna confianza en los Kerenski
de distrito y de cantón.
El 3 de abril el príncipe Urusov, subsecretario del Interior
-como vemos, este ministerio estaba regido por títulos
de gran alcurnia- da orden de que no se tolere ninguna intromisión
arbitraria y, sobre todo, de que «se proteja la libertad
del propietario a disponer de su tierra», esto es, la más
dulce de las libertades. Diez días después el propio
príncipe Lvov se toma personalmente la molestia de ordenar
a los comisarios que «pongan fin con todo el rigor de la
ley a cualquier manifestación de violencia y de despojo
que se produzca». Dos días más tarde, el príncipe
Urusov torna a ordenar al comisario provincial «que tome
medidas para proteger los ganados de los terratenientes contra
todo acto de violencia, explicando a los campesinos, etc.»
El 18 de abril el príncipe subsecretario empieza a intranquilizarse
ante el hecho de que los prisioneros de guerra que trabajan como
braceros en las fincas de los terratenientes formulen pretensiones
exageradas, y ordena a los comisarios que impongan sanciones severas,
haciendo uso de las atribuciones de que gozaban en el antiguo
régimen los gobernadores zaristas. Llueven circulares,
disposiciones, órdenes telegráficas. El 12 de mayo,
el príncipe Lvov enumera en un nuevo telegrama los desmanes
que «se están cometiendo en todo el país»:
detenciones arbitrarias, registros, destitución de cargos
en la administración de haciendas y de fábricas,
destrucción de fincas, saqueos, atropellos, violencias
contra funcionarios públicos, imposición de tributos
a la población, excitación de los ánimos
de una parte de la población contra otra, etc. «Estos
y otros actos semejantes deben ser considerados como contrarios
a la ley y, en algunos casos, incluso como anárquicos»...
El calificativo no es muy claro, pero la conclusión no
puede serlo más: «Tomar enérgicas medidas.»
Los comisarios de provincia mandaban inmediatamente las circulares
a los distritos,, los distritos ejercían presión
sobre los Comités cantonales y entre todos juntos ponían
de manifiesto su impotencia para afrontar el problema campesino.
Las tropas de las inmediaciones tienen casi en todos sitios parte
directa en los acontecimientos. Es más, en la mayor parte
de los casos son ellas precisamente las que toman la iniciativa.
El movimiento adopta formas variadísimas, según
las condiciones locales y el grado de exacerbación de la
lucha. En Siberia, donde no hay terratenientes, los campesinos
se apoderan de las tierras de la Iglesia y de los conventos. Hay
que advertir que el clero no lo pasa tampoco nada bien en otras
partes. En la piadosa provincia de Smolensk, bajo la influencia
de los soldados llegados del frente, se procede a la detención
de curas y frailes. Con el fin de evitar que los campesinos tomaran
medidas infinitamente más radicales, los órganos
locales veíanse obligados con frecuencia a ir más
allá de lo que querían. A principios de mayo el
Comité ejecutivo de uno de los distritos de la provincia
de Samara sometió a tutela pública las propiedades
del Conde Orlov-Davidov, preservándolas así de la
acción de los campesinos. Comoquiera que el decreto prohibiendo
la compra y venta de tierras prometido por Kerenski no salía,
los campesinos, valiéndose de sus recursos, empezaron a
impedir la venta de las propiedades, oponiéndose por la
fuerza a su medición. La incautación de las armas
de los terratenientes, sin exceptuar las de caza, va tomando proporciones
cada vez más extensas. Los campesinos de la provincia de
Minsk -se lamenta el comisario- «acatan como ley los acuerdos
del congreso campesino.» ¿Es que acaso podían
ser interpretados de otro modo? No debe olvidarse que estos congresos
eran el único poder real que existía en los pueblos.
He aquí, puesto al desnudo, el abismo que se abre entre
los intelectuales socialrevolucionarios, que charlan por los codos,
y los campesinos, que reclaman hechos y no palabras.
A fines de mayo entra en acción la lejana estepa asiática.
Los kirguises, a quienes los zares habían despojado de
las mejores tierras en beneficio de sus servidores, se levantan
ahora contra los terratenientes, invitándoles a abandonar
con la mayor rapidez las haciendas robadas. «Este punto de
vista va arraigando cada vez más en la estepa», comunica
el comisario de Akmolinsk.
En la otra punta del país, en la provincia de Liolandia,
un comité ejecutivo de distrito envía una comisión
con el encargo de abrir una información acerca del saqueo
de las propiedades del barón Stahl von Holstein. La comisión
dictamina que los desórdenes no tienen importancia, reconoce
que la permanencia del barón en el distrito es peligrosa
para la tranquilidad pública y decide ponerle a disposición
del gobierno provisional en compañía de la baronesa.
Era uno de los innumerables conflictos que surgían por
todas partes entre el poder local y el poder central, entre los
socialrevolucionarios de abajo y los de arriba.
Un comunicado del 27 de mayo, procedente del distrito de Pavlogard,
provincia de Yekaterinoslav, traza un cuadro casi idílico:
los miembros del comité agrario aclaran a los vecinos todas
las malas interpretaciones, y de este modo «previenen cualesquiera
excesos.» Sin embargo, este idilio no ha de durar más
que unas cuantas semanas.
A fines de mayo, el prior de uno de los conventos de Kostroma
se lamenta amargamente de que los campesinos hayan requisado la
tercera parte del ganado del convento. Este buen fraile no hubiera
perdido nada con ser más humilde y resignado: dentro de
poco se verá obligado a despedirse también de los
otros dos tercios.
En la provincia de Kursk empezaron las persecuciones contra los
campesinos que se negaban a reintegrar sus parcelas a los fondos
«comunales». Ante la gran transformación agraria,
ante el reparto de tierras que se avecina, los campesinos quieren
actuar como un bloque. Las barreras interiores pueden constituir
un obstáculo. Es necesario que el mir (1) obre como
un solo hombre. De aquí que la pugna por la tierra de los
grandes propietarios vaya acompañada de violencias contra
los agricultores individualistas.
El último día de mayo fue detenido en la provincia
de Perm el soldado Samoilov, que excitaba a los campesinos a no
pagar los impuestos. Dentro de poco será él quien
detendrá a los demás. Durante una procesión
celebrada en una aldea de la provincia de Charkov, el campesino
Grizenko destrozó de un hachazo, ante los ojos atónitos
de los vecinos, la venerada imagen de san Nicolás. Así
surgen las más diversas formas de protesta y van transformándose
en acción.
En unas Memorias anónimas tituladas Apuntes de un guardia
blanco, de cuyo autor sólo se sabe que era oficial
de Marina y terrateniente, se describe con rasgos interesantes
la evolución operada en el campo en los primeros meses
que siguen a la revolución. Para todos los cargos «se
elegían casi en todas partes personas pertenecientes a
la clase burguesa, para las cuales no había más
que una finalidad: mantener el orden». Es verdad que los
campesinos exigían que se les diese tierra, pero en los
primeros dos o tres meses lo hacían sin violencias. Por
el contrario, constantemente se oían frases como ésta:
«Nosotros no queremos robar lo que no es nuestro, sino arreglar
las cosas por las buenas», y otras semejantes. En estas palabras
tranquilizadoras palpita ya, sin embargo, una «amenaza oculta».
Y en efecto, si en los primeros momentos los campesinos no recurrían
todavía a la violencia, desde el primer instante dieron
pruebas de su falta de respeto por las llamadas «fuerzas
intelectuales». Según el citado guardia blanco, este
estado de espíritu semiexpectante se mantuvo hasta los
meses de mayo y junio; «después se nota un cambio
brusco, surge la tendencia a discutir las disposiciones de los
organismos provinciales, a hacer las cosas por propia iniciativa»...
O lo que es lo mismo, los campesinos concedieron a la revolución
de Febrero, sobre poco más o menos, un plazo de tres meses
para pagar las letras aceptadas por los socialrevolucionarios,
y en vista de que no las recogían, empezaron a cobrarse
por la mano.
El soldado Chinenov, afiliado al partido bolchevique, fue por
dos veces de Moscú a su pueblo, situado en la provincia
de Orlov, después de estallar la revolución. En
mayo dominaban en el distrito los socialrevolucionarios. En muchos
sitios los campesinos seguían pagando las rentas a los
terratenientes. Chinenov organizó un grupo bolchevique
integrado por soldados, braceros y campesinos pobres. Este grupo
predicaba la suspensión del pago de las rentas y la entrega
de tierras a los campesinos pobres y a los braceros. Inmediatamente,
hicieron un censo de los prados señoriales, los repartieron
entre los diversos pueblos y los segaron. «Los socialrevolucionarios
del comité cantonal ponían el grito en el diciendo
que nuestro modo de proceder era ilegal, pero no renunciaron a
la parte que les correspondía.» Y como, por miedo
a las responsabilidades, los representantes locales rehuyeran
todo compromiso, los campesinos eligieron a nuevos elementos más
decididos. No todos ellos eran bolcheviques, ni mucho menos. Mediante
la presión que ejercían, los campesinos provocaron
una escisión en el seno del partido socialrevolucionario:
los elementos de espíritu revolucionario se separaron de
los funcionarios y de los arribistas. El grupo bolchevique decidió
inspeccionar los graneros de los terratenientes y enviar las reservas
de granos al centro, donde pasaban hambre. Y esta determinación
del grupo se llevó a la práctica porque coincidía
con el estado de espíritu de los campesinos. Chinenov llevó
consigo a su pueblo libros y folletos bolchevistas; allí
no se tenía la menor idea acerca de esta literatura. «Los
intelectuales y los socialrevolucionarios de la localidad propalaban
el rumor de que llevaba encima mucho oro alemán para comprar
a los campesinos.» Iguales procesos se desarrollaron por
todas partes, en proporciones distintas. En todos los distritos
había sus Miliukovs sus Kerenskis y sus Lenines.
En la provincia de Smolensk la influencia de los socialrevolucionarios
se consolidó después del congreso provincial de
delgados campesinos, que, como de costumbre, se pronunció
en el sentido de que la tierra pasara a manos del pueblo. Los
campesinos aceptaron íntegramente este acuerdo, con la
diferencia respecto a los dirigentes de que ellos la tomaban en
serio. De aquí en adelante, crece incesantemente en las
aldeas el número de socialrevolucionarios. «Todo el
que en un congreso cualquiera hacía acto de presencia en
la fracción de los socialrevolucionarios -cuenta un militante
de la época- quedaba clasificado como socialrevolucionario
o cosa por el etilo.» En la capital del distrito había
dos regimientos influidos también por los socialrevolucionarios.
Los comités agrarios cantonales empezaron a trabajar las
tierras de los grandes propietarios y a segar sus prados. El comisario
provincial, Yefimov, que era socialrevolucionario, publicaba decretos
amenazadores. El pueblo no comprendía nada. ¿Y como
iba a comprenderlo si el mismísimo comisario había
dicho en el congreso provincial que ahora el poder estaba en manos
de los campesinos y que la tierra sólo debía ser
para quien la trabajaba? Pero había que rendirse ante la
evidencia de los hechos. Por orden del comisario socialrevolucionario
Yefimov, solamente en el distrito de Elninsk de los diecisiete
comités agrarios cantonales que funcionaban fueron entregados
a los tribunales dieciséis durante los meses siguientes,
por haberse apoderado de las tierras de los grandes propietarios.
Véase bajo qué formas tan singulares iba acercándose
a su desenlace el idilio de los intelectuales narodniki
con el pueblo. En todo el distrito, no había más
que tres o cuatro bolcheviques. Y sin embargo, su influencia creció
rápidamente, arrollando a los socialrevolucionarios o sembrando
entre ellos la discordia.
A principios de mayo, se reunió en Petrogrado el congreso de campesinos de toda Rusia. Los representantes habían sido nombrados desde el centro, y en muchos casos completamente al azar... Y si los congresos de obreros y de soldados iban invariablemente retrasados en relación con la marcha de los acontecimientos y la evolución política de las masas, imagínese hasta qué punto la representación de una clase tan disgregada como eran los campesinos tenía que ir a la zaga del verdadero estado de opinión reinante en la aldea rusa. A este congreso acudieron como delegados, por una parte, intelectuales narodniki de la extrema ala derecha, gente ligada principalmente con los campesinos, por medio de los organismos de cooperación comercial, o simplemente por los recuerdos de la lejana juventud. El verdadero «pueblo» estaba representado allí por los elementos más acomodados del campo, los kulaks, los tenderos y los cooperativistas de la aldea. El elemento que dominaba sin posibilidad de competencia en este congreso eran los socialrevolucionarios, representados por la extrema derecha. Sin embargo, alguna que otra vez se asustaban al advertir el hambre de tierra y el reaccionarismo político de que daban pruebas algunos diputados. Ante la gran propiedad agraria, este congreso adoptó una posición unánime, extremadamente radical: «Todas las tierras pasarán a ser de dominio público, sin indemnización, para ser explotadas y trabajadas de un modo igualitario.» Por supuesto, los kulaks interpretaban lo de «igualitario» en el sentido de su igualdad con los terratenientes, sin pasárseles por las mientes la de ellos mismos con los braceros. Sin embargo, este pequeño equívoco que se deslizaba entre el falso socialismo narodniki y el democratismo agrario de los campesinos había de ponerse al desnudo algún tiempo después.
(1) «Mir» significa en ruso dos cosas: «Comunidad
de tierras de un pueblo» y «mundo». [NDT.]